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TEMORES

Os dejo un texto que he hecho durante estas tres últimas tardes. Le he dedicado algunas horas y varias visitas al diccionario de sinónimos jeje. Espero que os guste:

 

                Copiosas cosas nos dan miedo, esos horrores que surgen en lo más hondo de nosotros instigados e impulsados por la sinrazón. Importantes o no, innumerables elementos, con los que nos encontramos en nuestra vida, nos inculcan pavor. Algunos pronto los olvidamos y otros nos persiguen durante toda la existencia. ¡Cuántas cosas! ¿Podemos enumerarlas? ¿Tendría hacerlo algún valor realmente? Una lista en constante cambio, donde entran y salen cosas a diario, y donde los puestos cambian a cada minuto, ¿sería viable su creación? Posiblemente no. Mejor dejar que la mente haga y deshaga a su libre albedrío.

 

                Entre otras muchas cosas que me provocan verdadera aprensión, se encuentra esa imagen fatídica, que tan sólo pensar en ella hace mermar mis fuerzas, y que mi ser se derrumbe enteramente cual castillo de arena ante una ola de marea alta. Hablo, sin duda alguna, de ese ominoso símbolo que es una hoja en blanco. Ese pedazo de historia muda, que hubo de contener mil testimonios, ese trozo indeleble de papel que te recuerda que no eres nada, simple polvo. Una figura insignificante en la inmensidad del universo.

 

                Como escritor aficionado, he de confesar que la hoja en blanco me deja totalmente endeble, indefenso. Pero, usualmente no es ella la que me produce temor tal que mi voz se transforma en un tenue suspiro, en un murmullo flojo del viento. No. La que produce ese pánico en mí es la incapacidad, la imposibilidad de no poder rellenar esa pavorosa aparición fantasmal, diabólicamente blanca y vacía. La total mudez de mi pensamiento, en el cual me envuelvo ante La Hoja, origina que no pueda, ni tan siquiera, plasmar un punto en ella.

 

                Un temor que persiguió a casi todas las personas conocidas de todas las épocas. Militares, jefes, dictadores, políticos, religiosos, escritores… Todos ellos tuvieron que enfrentarse al mismo desasosiego. Aunque su temor real era otro, producido por el mismo ente perverso. No se preocupaban de no tener que narrar en La Hoja. No, les daba lo mismo lo que escribieran. No importaba que fuera bueno o malo, que tuviera calidad o fuese una vulgar copia, que tuviese sentido o fuese una rotunda y sonora absurdidad. Porque, verdaderamente, el fin perseguido era la inmortalidad, sin importar lo demás, ésta era el objeto de todos sus escritos. Pasar a la historia con voz y nombre propios, que su recuerdo y su legado transcrito en algo tan sumamente frágil, blandengue, exánime como el papel; les sobreviviera.

 

¿Cómo iba a explicarse sino que Cayo Julio César relatase sus victoriosas conquistas? Sabedor, como lo era, de que podía caer en desgracia y que la todopoderosísima y omnipotente Roma lo relegaría al olvido, tomó la decisión de novelarlas, manuscritas. Cuán odiadas y temidas fueron, son y serán por siempre sus “Guerras de las Galias” por todos los estudiantes de latín, así ¿cómo va a ser borrado de la historia su nombre? ¿No perseguían, acaso, eso todos los grandes personajes de la historia? Además de sus acciones, ¿no tienen todos escritos (o intentos de ellos)? ¿No se enfrentaron todos a la temida hoja?

 

Decía el poeta:

¿Qué es la vida? Un frenesí.¿Qué es la vida? Una ilusión,una sombra, una ficción,y el mayor bien es pequeñoque toda la vida es sueño,y los sueños, sueños son. 

¿Qué es la vida? No lo sé. ¿Realmente quiero saberlo? No. Rotunda y firmemente no. Porque, ahora mismo, no me importa su sentido. Hay mil explicaciones para él y ninguno se puede sobreponer a los demás. ¿Por qué será? ¿Será acaso que no se tiene idea ninguna de cuál es o de cuál sería el sentido de este torrente angosto y retorcido que llamamos vida? Para qué preocuparse del sentido que otros quieren ponerle. Prefiero dar rienda suelta a mi imaginación, a mi ser, a mi pensamiento e ir dándole, en cada momento, el sentido específico y propio que quiera darle. Porque nuestra vida es un carruaje que viaja por la calzada que es la Tierra llevándonos como únicos cocheros.

 

Nosotros somos los únicos dueños de nuestras vidas y por ello, los únicos que podemos y debemos darle sentido a ésta. No podemos encerrarnos en las vivencias de otros, sólo estaríamos repitiendo su camino, cayendo en los mismos descuidos. La Hoja, no ha de ser algo que lleve nuestro nombre a los confines de la Historia, eso es algo carente de sentido alguno y totalmente egoísta. La Hoja, ha de ser, en cambio, una herramienta útil que nos ayude a aportar nuestro granito de arena a la interminable narración empezada hace millones de años y que ha sobrevivió hasta nuestros tiempos de boca en boca, de mano en mano, de escrito en escrito. La Hoja tiene que dejar de ser un hostil oponente, y pasar a ser el mejor colaborador para ser capaces de narrar algo decente, con sentido, digno de dejar una pequeña huella en la conciencia colectiva humana.

 

Porque, al final, ese temor no es ya a la hoja en blanco sino al olvido, al pasar anónimamente a los anales de la historia. Y, siendo dueños de nuestro destino, parándonos a reflexionar y a dedicarle tiempo al agotador combate con La Hoja, podremos estar seguros de ser recordados, aunque sea mínimamente. Pensando, leyendo y escribiendo se puede conseguir reflejar tu pensamiento y conciencia, con algo de tiempo ordenarla y darle sentido y así poco a poco, acabar con el vacío de La Hoja. Y conseguiremos ayudar al cuento inenarrable de la historia, con nuestra escueta herencia escrita, y ser recordados siempre que sea leída.

 

Como escribió un amigo, “…a lo postrero. Lo único que quedará de ti. Ye esa fueya a la qu’igual nun-y disti’l suficiente valir. Demientres otra fueya con lletres prietes y una cruz enriba anuncien la to muerte”. Ese es el mayor temor de los incultos y arrogantes, la muerte y el olvido… algo que obtendrán inevitablemente por imperativo de la estupidez que arrastran, fuertemente labrada con años de ignorancia. Mientras, yo, sigo temiendo el enfrentamiento con la oquedad del pensamiento y a que llegue el día en que no pueda salir airoso de una nueva batalla con otra Hoja en blanco.


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Un comentariu »

  1. Neville — 28-08-2009 - 21:41:20 GMT 1

    Nunca había visto una prosa tan cercana a la poesía.
    Lo que he leído es de una calidad extraordinaria.

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